El Extraordinario
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T1 E6.

La maldición de tener buen olfato

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34:20 min

T1 E6.

La maldición de tener buen olfato

¿Te molestan los olores? ¿No soportas las pestes? Pues te consolará saber que el mundo occidental nunca ha olido menos y mejor. Este pódcast es una invitación a explorar tu sentido del olfato y es una reconciliación con los olores que nos rodean. Es un recorrido histórico por la historia de los olores y una conversación con Federico Kukso, el autor del libro Odorama.

Por
  • Mar Abad
29.04.2021
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MAR: El mundo es un lugar pestilente. 

Y no lo digo porque sea nihilista. Ni una odiadora. Ni una grinch. 

Lo digo por mi nariz.

Tengo buen olfato y los que tenemos buen olfato tenemos una cruz. 

 

MAR: Y ahora vamos contigo. Vamos a explorar tus ojos, tus oídos y tu nariz.

 

MAR: Imagina que entras en una habitación.

¿Has pensado alguna vez cuál es el primer impacto que recibes cuando entras a un lugar? 

 

MAR: ¿Te fijas en lo que ves? 

¿En lo que oyes?

¿En lo que hueles?

Algunos lo primero que recibimos es un golpetazo de olor. 

Eso le ocurre, por ejemplo, a Cristina.

 

CRIS: Cuando entro a cualquier sitio, lo veo, por supuesto, pero siempre describo mentalmente cómo huele. O si voy con alguien de confianza, se lo digo: “Huele que apesta a queso o a sobaco”, “huele a pies”, “huele a cloaca”, “va a llover”, “hay un tufillo a huevo podrido”. O la lluvia o “huele a jazmín”, “huele a canela”. Pero estos si son ligeritos, mejor. 

 

MAR: Muchas personas pasan por la vida exprimiendo sus ojos hasta dejarlos miopes, y usando los oídos hasta acabar con trompetilla. Pero pocos usan su nariz con empeño. 

Los que tenemos la mala suerte de vivir siempre con un olor metido en las napias tenemos una visión del mundo muy distinta. Porque un olfato afinado nubla cualquier paisaje. El olor se te mete en la cabeza y te empaña el resto de los sentidos. 

Cuando el hedor es poderoso, no puedes ver, ni oír, ni pensar siquiera. 

Te abduce.

Es una especie de síndrome de Stendhal pero al revés: 

te mareas y desfalleces pero del asco. 

Escucha lo que le ocurre a Cristina:

 

CRIS: Me ha pasado más de una vez, al dormir fuera de casa, no poder conciliar el sueño porque las sábanas apestan a suavizante. No lo soporto. El olor se me mete hasta el fondo de mi nariz y no me deja pensar. Es que no me deja pensar. Tengo que poner una camiseta sobre la almohada o cojo mi ropa porque no lo aguanto.

 

MAR: Muchas veces me he preguntado por qué una imagen o un ruido te pueden molestar. Pero es una molestia que sabes que está ahí fuera. En cambio, el olor se mete dentro de ti. Resulta tan insoportable porque esa peste horrible se adentra, literalmente, hacia el interior de tu cabeza.

El periodista especializado en historia de la ciencia Federico Kukso me quitó la duda. Lleva años estudiando el olfato y ha escrito una historia aromática del mundo en su libro Odorama.

 

FEDERICO: Primero, los olores son invasores. No piden permiso. Uno puede taparse los ojos, puede taparse las orejas, pero el olor… Ni siquiera tapándose la nariz. El olor logra filtrarse. E inmediatamente, cuando olemos, olemos un olor, un aroma, una fragancia, sea rico o sea feo, tenemos una emoción y esa emoción está mediada por la memoria o un rechazo o es algo agradable. Entonces es interesante también eso, como cuando uno huele, te moviliza toda tu biología. 

 

MAR: Y luego llega la educación: lo que nos han enseñado sobre los olores que nos deben parecer bien y los que nos deben parecer mal.

 

FEDERICO: Y también media en la razón, porque, por ejemplo, uno estaba pensando uno puede estar en frente a alguien, ¿no? Y esa persona puede estar diciendo las cosas más interesantes del mundo. Pero si esa persona tiene un fuerte olor a transpiración, que para las sociedades occidentales es una ofensa. Fijate que en otras sociedades no es una ofensa. En Occidente, si esa persona inmediatamente para ti se convierte en una persona sospechosa, algo le pasa a esa persona.

 

MAR: Empezamos a pensar: “Qué guarro. Huele a sobaco”. Y de forma inconsciente, lo vemos menos creíble, menos profesional y menos atractivo. 

También nos hemos vuelto muy tiquismiquis con el olor a comida. Aunque sea comida nutritiva y en perfecto estado, nos da asco. Mira cómo se pone Esther:

 

ESTHER: Tengo la manía contra el huevo frito. No lo soporto porque no soporto el olor. Yo lo que noto es un olor como sulfurado y no puedo, no puedo con el huevo frito por el olor. 

 

MAR: ¿Qué? ¿Y el pescado? ¿Qué me dices del pescaíto frito y a la plancha?

 

ESTHER: Mi familia come salmón, pero se tiene que hacer cuando yo no estoy, o con la puerta de la cocina cerrada y la campana extractora a tope porque no soporto el olor del salmón frito. 

 

MAR: Somos legión las que prohibimos que el olor a pescado entre en casa. A Carmen le viene de familia.

 

MÉDICA: Recuerdo a mi madre cuando éramos pequeñas y en el bar de la esquina de abajo freían sardinas en verano y echaba a correr por el pasillo, cerrando todas las ventanas. Madrid, treinta y tantos grados, mes de julio, mientras ella gritaba ¡Ay, cochinos, cochinos, cochinos! Y lo cerraba todo porque no podía soportar el olor a sardinas.

 

MAR: Pero esto no ha sido siempre así. 

Hasta el siglo XVIII, la cultura occidental convivía con los olores más apestosos sin ningún problema. El perfume, una de las grandes obras maestras de la literatura, cuenta…

 

PERFUME: En las ciudades reinaba un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina.

Las cocinas, a col podrida y grasa de carnero.

Los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. 

Las chimeneas apestaban a azufre.

Las curtidurías, a lejías cáusticas. 

Los mataderos, a sangre coagulada.

 

MAR: Hubo un momento, hace unos 300 años, en que estos olores empezaron a molestar. Y a partir de entonces, los países occidentales…

 

FEDERICO: Han dejado de lado el olfato, lo hemos olvidado, lo hemos marginado. 

 

MAR: Nos hemos ido haciendo asépticos. Limpiamos, desinfectamos y usamos productos llamados “Devor Olor”.

Sabemos perfectamente cómo vestían los romanos. Todo el mundo tiene la imagen de las sandalias que se calzaban en los pies. 

Pensamos en los hippies de los 60 y vemos colores psicodélicos por todos lados.

Tenemos en la cabeza imágenes de todas las épocas. 

Y también tenemos los sonidos:

¿Recuerdas esa música gótica de las catedrales de la Edad Media…? 

¿Y el charlestón de los maravillosos años 20…?

Pero del olor no tenemos más memoria que la propia: la de nuestra infancia. Solo recordamos lo vivido porque nadie nos ha contado nada de los olores de la historia.

 

FEDERICO: Fíjate que tenemos una relación desodorizadas con el pasado. No nos enseñan cómo olía el pasado, o sea, vivimos rodeados de imágenes, incluso de cine, que te muestran a Cleopatra como Elizabeth Taylor. Como si fuese con esos dientes blanquísimos. Tenemos una visión distorsionada de la historia.

 

MAR: Algunos lo descubrimos por casualidad cuando leímos la novela El perfume.

 

PERFUME: Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados. Y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos.

 

MAR: Hemos pasado los personajes históricos por nuestro filtro aséptico, blanquísimo y limpísimo. Es un invento de nuestro imaginario pop. Y no tiene nada que ver con los personajes reales de la historia.

 

MAR: Y ahora vayamos al momento exacto en el que empezaron a censurar las pestes y muchos otros olores.

 

FEDERICO: Esta relación distanciada con el olfato. Está marcada en los históricamente en el siglo XVII, la revolución científica en la Ilustración, cuando filósofos como Immanuel Kant hacen una especie de catalogización de los sentidos y ponen como el sentido rey, entronizado, a la visión. Fíjate que empieza a haber como metáforas lumínicas: la ilustración, la luz como la ciencia, como la luz que viene a atraer a contra la oscuridad. 

 

MAR: En aquella época empiezan a confiar mucho en la información que les da sus ojos.

 

FEDERICO: Surgen aparatos como el telescopio, el microscopio, la idea del explorador, la visión como el órgano que te permite conocer el mundo, conocer la naturaleza a partir de la exploración. Y sin embargo, al olfato se lo deja de lado, se lo asocia más a lo animal, porque hay otras especies animales que tienen mayor capacidad olfativa.

 

MAR: Y empiezan a despreciar la información que les da su nariz.

 

FEDERICO: Básicamente porque el olor es eso, es una dimensión. Un sentido es Son moléculas muy difíciles de medir, de mesurar. No les da esa cosa de la Ilustración, de lo medible, lo controlable, ¿no? 

 

MAR: Eso les llevó a ensalzar la razón como la facultad más respetable, y a despreciar la inteligencia emocional. Y eso atacó directamente al olfato, porque a este sentido…

 

FEDERICO: Se lo relaciona también con la intuición. Fíjate, cuando uno dice “esto me huele sospechoso”. También se lo asocia a la mujer, se lo asocia a la mujer y a lo sensible, mientras que la visión se lo asocia al hombre.

 

MAR: Esta asociación de la razón con la vista, y de la intuición con el olfato, se ve en el lenguaje.

Cuando decimos que algo nos “ha abierto los ojos”, queremos decir que lo hemos “descubierto” o lo hemos “entendido”. Lo hemos visto y lo hemos procesado de forma racional. 

En cambio, cuando hablamos de la intuición, recurrimos al olor. 

 

NUS: “Esta mujer tiene olfato para los negocios”.

 

MAR: O también:

 

NUS: “Mmm… esto huele a chamusquina”. 

 

MAR: Es solo una sospecha, una corazonada, un indicio sin pruebas concluyentes.

Pero lo que ha llevado a que nuestras sociedades y nuestras personalidades sean tan asépticas es otra cosa. Hoy los olores nos molestan muchísimo. Tienen significados y connotaciones horribles. Y Federico Kukso nos explica por qué.

 

FEDERICO: El ser humano ha convivido con la podredumbre, ha convivido las ciudades hasta hace 100 años, 110 años eran centros de pestilencias. Entonces, lo interesante a partir del siglo XVII, cuando se empiezan a estudiar los gases, cuando el agua cié y demás científicos empiezan a descubrir el ozono, el oxígeno, el nitrógeno, se empieza a concebir a los olores como amenaza. 

 

MAR: Hoy nos aterran los virus y las bacterias. Esas cosas que no podemos ver pegadas a la ropa pero que sabemos que sí podemos ver en un microscopio. 

 

FEDERICO: Pero hasta mediados del siglo XIX se pensaba que los responsables de las enfermedades eran los malos olores o las miasmas. No, es decir, uno se enfermaba cuando olía un olor que emanaba un cementerio o un campo de guerra o las cloacas. 

 

MAR: Entonces llegaron los higienistas con sus flis-flis y sus bayetas del polvo, y empezaron a dar lustre al mundo. 

 

FEDERICO: Se reconfigura París porque había que airearlo. El espacio público. Empieza a ver la concepción de asociar la salud con la limpieza, cosa que no siempre ha ocurrido. Sí, fíjate que sí. Si tú vas a los comienzos del cristianismo, los incluso San Francisco de Asís y demás no se bañaban porque decían que era el olor con el que los había hecho su creador, ¿no? Entonces es muy interesante asociar el ver cómo, cómo la idea, el estudio del olor y el olfato te sirve también para estudiar. La transfiere grandes transformaciones del pensamiento, transformaciones en la higiene, transformaciones en el urbanismo, transformaciones en la gastronomía.

 

MAR: Los higienistas del siglo XIX pensaban que la salud de las personas empieza por la salud del lugar donde viven. Iluminaron las calles y crearon instalaciones de agua corriente. Y le dijeron a la gente que lavaran sus alimentos y respiraran aire limpio.

 

FEDERICO: Entonces lo interesante con el olor, con escon empezó a verse como amenaza y sobre todo como un tabú. Y es algo que nos conecta con nuestro presente, porque el gran tabú moderno de las sociedades occidentales es el olor del cuerpo. 

 

MAR: El olor a sobaco.

 

FEDERICO: Una de las cosas que uno hace casi casi todos hacemos antes de salir de nuestras casas o cuando salimos, es usar antitranspirante. Enmascaramos el olor de nuestro cuerpo, incluso en nuestras casas. Hay un cuarto, una habitación destinada a hacer nuestras necesidades fisiológicas, que no siempre fue así en la historia. Fíjate que en Roma la gente orinaba y defecaba comunalmente. 

 

MAR: Una fiesta de pises… 

Hoy, en Occidente, nos molesta oler a otras personas. E incluso nos molesta olernos a nosotros mismos. Nos repugna el olor del aliento. Y lo fantástico para los historiadores es que se sabe la fecha exacta en la que se inventó esa aversión.

 

FEDERICO: Una de las grandes dificultades del estudio histórico del olor es que los olores no dejan huella. Los olores no dejan fósiles. O sea, no es como un dinosaurio que yo puedo encontrar un hueso fosilizado 160 millones de años de pueblo, ¿no? Sin embargo, sí existen maneras indirectas de encontrar esas huellas, esos fósiles, lo que yo llamo a veces fósiles culturales. [00:31:45]

 

MAR: Y hace tiempo encontraron el “fósil cultural” del concepto de “mal aliento”. 

 

FEDERICO: Fíjate que durante toda la historia de la humanidad, el ser humano ha convivido con comal con todo tipo de malos olores, incluso el mal olor, el mal aliento. Sin embargo, recién a fines del siglo XIX y a principio del siglo XX, le pusimos nombre, no, un nombre que en verdad surgió del marketing. Un nombre como halitosis que tiene toda una un aura de de medicina como si fuese un nombre médico, cuando en verdad fue inventado por la publicidad.

 

MAR: Los anuncios empezaron a convencer a la gente de esta idea:

“Si te huele la boca, los demás te van a ver como un apestoso”. 

Pero lo hicieron con más tino y a cada uno le atacaron por donde más le dolía. Primero, fueron a por las mujeres y les dijeron:

 

FEDERICO: Si sus parejas o futuras parejas detectaban que tenía mal aliento, no se iban a casar. O sea, apuntaron a la vergüenza social. Y fíjate como en la halitosis, el olor corporal, la transpiración está apuntado al, a, al a la vergüenza, no a aquello que uno no quiere mostrar. Y porque queda mal. 

 

MAR: Esa era la cantinela publicitaria para crear una industria multimillonaria basada en la higiene.

 

FEDERICO: Entonces uno puede analizar en el comienzo del siglo XX

una cantidad de publicidades donde dicen: “Si hueles mal, no vas a encontrar marido. Nadie te va a querer”. 

 

MAR: Y después de ir a por las mujeres, como el mercado tenía que seguir creciendo, fueron a por los hombres.

 

FEDERICO: La gran crisis de 1930. Empieza a haber publicidades que dicen: “Si hueles mal, nadie te va a contratar”. Entonces se apunta siempre a la represión, a la vergüenza. 

 

MAR: Y después fueron a por otras zonas del cuerpo.

 

FEDERICO:  También hay productos de higiene femenina, sobre todo de higiene vaginal, que en los 60 se ve mucha la publicidad, pero ahora no se ve mucho la publicidad en las revistas, por ejemplo, porque es un tema olor vaginal del del cual no hay que hablar. Es un pero es algo que que no sé, no existe supuestamente, ¿no? Entonces es interesante ver cómo una sociedad elige o determina conjuntamente de qué cosas se habla y de qué cosas no se habla. 

 

MAR: Otras culturas son más tolerantes con los olores corporales. Pero en Occidente somos estrictos. Y para las personas con buen olfato, como Esther, los sudores, los alientos y esos efluvios que desprendemos, se le hacen muy duros.

 

ESTHER: Tenía un compañero de estas personas que huelen muy mal. Les falta higiene y no solo a él como persona a diario, sino que, además, su ropa no se lava, de tal manera que aunque él se lave y se ponga desodorante, el olor se queda en la ropa con esa persona. Yo no podía hablar, no, porque si me acercaba mínimamente me daban ganas de vomitar. Y hubo un par de veces que él vino por detrás porque claro, por supuesto, él no lo sabía, a comentarme, a comentarme algo. Y mis compañeras vieron que me iba a desmayar. Que me quedé completamente blanca y me dijeron: “Salte, salte afuera, salte afuera a que te dé el aire”. 

 

MAR: Ese día Esther se libró del desmayo por los pelos. Pero no siempre hay refugio ante el mal olor. 

 

ESTHER: Yo enseguida, sobre todo a mi familia, detecto enseguida sus malos olores. Les quiero e incluso, por supuesto, con mi pareja, me atrae. Pero el mal olor lo llevo a rajatabla. En la ropa, en las toallas, en el habitáculo donde donde estén. Prefiero ventilar, ambientar. Prefiero que no haya un olor fuerte tapando. Prefiero que corra el aire. 

 

MAR: Eso es una gran lección que sabemos los de nariz fina. 

Nunca, nunca, nunca intentes tapar una peste con un perfume.

Carmen es médica y un día, por esconder un olor, lo multiplicaron por tres.

 

MÉDICA: Recuerdo una vez que tuvimos que ir a ver a un a levantar un cadáver. No era exactamente levantamiento, pero nos habían avisado que había fallecido un señor. Un chico, edad media, y cuando llegamos a la casa de la persona, estaba en la bañera y había tenido relajación de esfínteres, y entonces estaba la bañera toda llena de agua mezclada con heces y el olor llegaba hasta la parte de abajo de la casa. Era imposible estar allí. Teníamos que entrar y salir para coger aire y volver a entrar otra vez. Eso tardé muchísimo en que se me pasara. Y además tuvimos la mala fortuna de que luego, al llegar otra vez al centro de salud, como no se nos quitaba ese olor tan penetrante, empezamos a echarnos colonia que yo tenía en mi mi consulta. Y fue muchísimo peor, porque fue una mezcla de olores desagradables con un olor de colonia que era… Eso sí que ya fue imposible de retirar. 

 

MAR: Hoy los médicos de los países occidentales no utilizan el olfato como lo hicieron hasta el siglo XVII. Ni como lo ha hecho siempre la medicina tradicional china.

Antes, el olor era una fuente de información. 

Era una vía de conocimiento como la vista y el oído.

Y lo vemos en la novela El perfume. Un día de aquel siglo XVIII, un cura le dijo a una nodriza:

 

PERFUME: Todo el mundo sabe que un niño atacado por las viruelas huele a estiércol de caballo.

El que tiene escarlatina, a manzanas pasadas. 

Y el tísico, a cebolla. 

 

MAR: Eso hoy ya no es tan común. Solo les ocurre a los que tienen buen olfato. Como Cristina:

 

CRIS: Distingo por el olor si alguien tiene fiebre, alguno de mis hijos tiene fiebre, también. 

 

MAR: A Federico Kukso, despreciar el olor como fuente de información le parece “una gran involución”.

 

FEDERICO: Porque al comienzo de la medicina, incluso grandes médicos como Hipócrates, Galeno, cuando y cuando y cuando estudiaban un paciente, no solamente lo miraban y lo tocaban, sino también lo olfateaban. Por ejemplo, el olor de la orina podía determinar si una persona tenía diabetes, diabetes mellitus, mellitus, o sea que su orina olía dulce. Entonces es muy interesante también como hay un estudio en la semiología de la enfermedad a partir de los olores estas estudió el olor de la locura. 

 

MAR: Además, la tecnología ha ido alejando la nariz de los médicos, del cuerpo de los pacientes. 

 

FEDERICO: Distintos tipos de instrumentos médicos se han se han construido para alejarse del cuerpo, cuando en realidad el olfato también habla mucho de los síntomas de una persona. 

 

MAR: Desde la revolución científica del siglo XVII, la Ilustración y las teorías filosóficas de Kant, hemos ido arrinconando el olfato, y glorificando la vista y el oído. 

Nos acercamos al mundo por los ojos. Y hasta la comida tiene que ser bonita. 

Echamos colorantes al arroz, 

ponemos hojitas de hierbabuena para embellecer los helados,

pintamos las magdalenas de colores estridentes…

Todo para que la comida “nos entre por los ojos”.

¿Por los ojos?

Pero si es por la boca y por la nariz por donde nos tiene que entrar. Por el olor, primero, y por el gusto, después. Pero nuestra cultura no deja respiro a sus ojos y, en cambio, esconde todos los olores que puede.

Y otra vez el lenguaje nos sirve de prueba.

Hay muchas expresiones relacionadas con la mirada:

 

KIKE: “Amor a primera vista”.

 

MARINA: “Echarle un vistazo”.

 

KIKE: “De un golpe de vista”.

 

MARINA: “Comer con la vista”.

 

KIKE: “Hacer la vista gorda”.

 

MARINA: “A primera vista”.

 

KIKE: “Bajo mi punto de vista”.

 

MARINA: “¡Tierra a la vista!”.

 

MAR: Y muchos refranes que ensalzan este sentido.

 

KIKE: “Más hace la vista del amo que su mano”.

 

MARINA: “Más vale un testigo de vista que ciento de oídas”.

 

KIKE: “Vista larga y lengua corta, y huir de lo que no me importa”.

 

MAR: En cambio, hay pocas expresiones relacionadas con el olfato. Y entre

los refranes asoma de nuevo el higienismo:

 

KIKE: “La mujer que no huele a nada es la mejor perfumada”.

 

MAR: Mmm… y quizá no le falte razón. Los perfumes que tanto gustan a

unos resultan muy agresivos a otros. A Esther, un compañero de trabajo casi la mata de la peste. Pero otro es todo lo contrario.

 

ESTHER: Es el colmo de la higiene y le encantan los perfumes. Y le prohibí varios perfumes demasiado fuertes porque no podía con ellos. Era como si me emborrachara. 

 

MAR: Esto es lo que Federico Kukso llama “diversidad olfativa”. 

Algunas personas se sienten arrebatadoras con su Chanel número 5, pero otras… nos tenemos que cambiar de acera para que no nos taladren el tabique de la nariz.

 

FEDERICO: Y te puede producir náusea, te puede producir jaqueca.

 

MAR: En algunos países ya han puesto solución a este asunto.

 

FEDERICO: En España no tanto, pero en Estados Unidos, por ejemplo, se prohíbe ir a trabajar con perfume.

Hay Hay gente que obviamente que es más sensible, que no soporta ciertos, ciertos elementos sintéticos, los perfumes y te abruma. Entonces, ya sea dentro de eso, en la etiqueta. Ya en la etiqueta social. 

Entonces Estados Unidos es una sociedad de esta manera, donde donde los olores fuertes hay que taparlos en sentido. Los olores, los perfumes también vistos están, están acotados a ciertas prácticas. Pero tú no puedes ir a trabajar con un perfume, con un Chanel, por ejemplo, como vas a una cita, ¿no? Y eso cambia de cultura en cultura. No, no es lo mismo en la sociedad estadounidense que la sociedad francesa, o la sociedad argentina, o la sociedad italiano, o España. 

 

MAR: Nuestra relación con los olores cambia en cada lugar y cambia a lo largo del tiempo. 

Cambia la tolerancia hacia ciertos olores y cambia el gusto por los aromas. 

Mmm… qué bien huele el aroma a café por las mañanas, ¿verdad?

¿Verdad que sí? Pues hace unos siglos era ¡verdad que no! 

Nos lo cuenta el filósofo Santiago Alba Rico.

 

SANTIAGO: En términos históricos, lo que es evidente es que hay olores que hoy nos parecen extraordinariamente estimulantes y casi embriagantes, como es el caso del café, que en su momento, cuando entraron en cuando entró en Europa a mediados más princio entre principios y mediados del del siglo XVII, pues resultaban absolutamente disuasivo. Eran asociados precisamente a amenazas o agresiones olfativas. Ese olor que hay de alguna manera. Yo, por ejemplo, que ya no puedo tomar café. Sigo hasta el punto dependiente de su olor. Que todas las mañanas meto la nariz en el bote del del café. Porque el perfume, un olor embriagante, es una. Una sacudida mística que te transporta a otro mundo.

 

MAR: Este pódcast ha sido un proceso de reconciliación. 

Empecé maldiciendo mi olfato porque me molestan mucho las pestes. 

Pensaba que el mundo olía horrible y acabé descubriendo que jamás ha olido menos y mejor.

No era consciente de que soy hija del higienismo y de una cultura aséptica. 

A la vez me di cuenta de que es un lujo disfrutar del paisaje olfativo. Y lo curioso es que Cristina, Esther y Carmen también ven el lado bueno de un olfato afilado. A todas les pedí que me hablaran de las pestes, y todas acabaron hablándome de los aromas exquisitos. 

Esther me dijo:

 

ESTHER: Pero bueno, no todo es malo. También me gustaría hablar de lo bueno, porque nada disfruto más que una buena copa de vino y como la saboreo con la nariz antes que con la boca. Y lo mismo, por ejemplo, pues la sensación que es pasear por muchas de las calles de Andalucía, por ejemplo, en primavera, por cualquier rincón donde huele a azahar o a las numerosas flores que hay en Andalucía cuando llega más o menos esta época. Es un auténtico placer. 

 

MAR: Carmen me contó muchos recuerdos de malos olores a lo largo de su vida, pero acabó exactamente igual que Esther.

 

MÉDICA: Pero no todo son cosas malas. Es una gozada el ir por el campo y notar el olor a distintas flores. Yo en eso sí que ya no sé diferenciar si es azar o es otro tipo de plantas, pero eso da muchísimo gusto. O ir por la calle lo que contaba antes y darte cuenta de que pasas por cerca de un horno y están horneando unos bollos y te viene el olor de la masa. Eso es un gustazo. 

 

MAR: Ignoramos demasiado el olfato. 

Incluso muchas veces lo intentamos anular…

 

FEDERICO: Cuando el olfato casi siempre es un sentido de la presencia. Es un sentido de la cercanía. Es un sentido sensible y mucho más recordable que una imagen. Esa es la relación que tenemos. Lo que se llama el efecto Proust, no como los olores pueden. Funcionan como máquinas del tiempo. Uno va caminando por la calle y encuentra un se encuentra con un olor y de repente me siento como si tuviese cinco años. 

 

MAR: El olfato te lleva a otras dimensiones.

 

JAVI: A viajar por el espacio.

 

MAR: El olfato puede desdoblar un único lugar en cientos. 

Yo, por ejemplo, vivo en muchos Madrid distintos.

Tengo varias rutas en función de los olores de las calles. Y eso me lleva por distintas ciudades aunque siempre esté en la misma. 

Tengo un Madrid de los jazmines, que por su olor, parece Sevilla.

Tengo un Madrid de panaderías, que por su olor, parece París.

Y tengo un Madrid de los parques, que por su olor, parece un verano en Londres.

 

JAVI: Y a viajar por el tiempo.

 

MAR: Puede teletransportarte a otras épocas de tu vida…

Intenta recordar un olor de tu infancia. 

Una goma de borrar, unos lápices, una playa, unas galletas… ¿no es una forma instantánea de volver a ese momento?

 

SANTIAGO: Recuperamos nuestra infancia a veces porque porque nuestros recuerdos han sido entregados al aire y a veces vuelven con con el aire y los olores más e inesperados. No desde el olor de la del de la tierra mojada después de la lluvia. Incluso al olor del esmalte de uñas que utilizaba nuestra madre cuando éramos pequeños. Pues a través del olfato nos devuelve todo el contenido de nuestra vida y de nuestra historia. 

 

MAR: Y a veces un olor te puede llevar mucho más lejos en el tiempo.

Incluso a épocas que no has vivido.

 

FEDERICO: Cuando Howard Carter en 1922, encontró la tumba de Tutankamón y y cortó al medio el sarcófago, Tutankamón encontró una sustancia negra parecida al betún y la quemó y olió a flores. O sea, en ese momento Howard Carter en 1922 se transportó 3000 años al pasado. Y pudo oler como olían los egipcios. 

 

MAR: Pero, además, los olores son como los seres vivos. Y Federico Kukso dice que hay que valorarlos como un bien precioso.

 

FEDERICO: Porque los olores son como especies en extinción. Uno habla siempre de animales en extinción, pero los olores también se extinguen. Quizá dentro de cincuenta años, como un olor que es muy presente en nuestra actualidad no exista más. O sea, no sólo un olor natural, sino una fragancia. De repente, una. Una industria de la perfumería no lo hace más. Y ese olor que yo siempre lo asocio a mi abuela, por ejemplo, no existe más. 

 

MAR: Un olor que desaparece es una memoria que se pierde.

Y por eso, quizá, deberíamos proteger el olor a jazmín o el olor a pan recién horneado como patrimonio de la humanidad.

 

FIN DEL CAPÍTULO

 

MAR: SNFF… Javi, ¿quién ha usado este micro antes? 

Huele a bocadillo de chorizo.

 

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